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Sembrar en la incertidumbre: El campo mexicano ante su mayor prueba

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En este 22 de febrero, la labor del agrónomo deja de ser un oficio de surcos para convertirse en la primera línea de defensa de nuestra seguridad alimentaria.

Cada 22 de febrero, los pasillos de la Universidad Autónoma Chapingo y de las facultades de agronomía en todo el país se llenan de un orgullo que huele a tierra mojada. Celebramos la fundación, en 1854, de la Escuela Nacional de Agricultura, el germen de una profesión que prometió dar de comer a México. Sin embargo, este 2026, la felicitación se siente distinta. La verdad es que, tras el brindis y el reconocimiento, el agrónomo mexicano se enfrenta a un panorama donde la naturaleza y la economía parecen haberle declarado la guerra a la mesa de las familias.
Hoy, la palabra «seguridad» en el campo no se refiere solo a la ausencia de violencia, sino a la alarmante cifra de dependencia alimentaria. Es por ello que el dato duele: de acuerdo con el Grupo Consultor de Mercados Agrícolas (GCMA), para este ciclo 2025-2026, México se ha consolidado como el mayor importador de maíz amarillo del mundo, con proyecciones que alcanzan los 25 millones de toneladas importadas para compensar la caída en la producción nacional. La paradoja es casi cruel: el país que es cuna del maíz hoy apenas produce el 42% de los granos que consume.
Y es que no podemos culpar solo a los mercados. El cambio climático ya no es una amenaza lejana; es una realidad que quema las hojas y seca las presas. En 2026, el reto hídrico es el muro contra el que chocan los sueños de soberanía. Como bien menciona la Secretaría de Agricultura (SADER), la agricultura consume cerca del 75% del agua dulce del país, y con sequías cada vez más prolongadas, el agrónomo ha tenido que dejar de ser solo un experto en fertilizantes para volverse un gestor del agua. La implementación de riego de precisión y el uso de inteligencia artificial para monitorear la salud de los suelos son, la verdad sea dicha, las únicas herramientas que nos separan del desabasto total.
A pesar de que el presupuesto federal para el sector ha sufrido recortes reales, hay una luz que surge desde la innovación. Muchos ingenieros están impulsando la agricultura regenerativa, sustituyendo químicos costosos por biofertilizantes que no solo son más baratos, sino que devuelven la vida a los suelos degradados. Resulta fascinante ver cómo la tecnología de punta se abraza con el conocimiento ancestral de las comunidades. Sin embargo, no basta con la ciencia; falta el corazón de las nuevas generaciones. En México, la edad promedio del agricultor supera los 62 años. Si no logramos que los jóvenes vean en la agronomía una profesión rentable y moderna, el campo se quedará huérfano de manos justo cuando más las necesita.
Sustituir la visión del «campesino sufriente» por la del «empresario agrícola sostenible» es la misión de este 2026. La analogía es clara: así como un médico nos salva de la enfermedad, el agrónomo nos salva del hambre. Pero un médico no puede operar sin instrumentos, y nuestros agrónomos necesitan certidumbre jurídica, acceso a créditos y tecnología. No podemos permitir que el «Sufragio Efectivo» de Madero se quede sin el sustento del «Alimento Efectivo» para todos.
En este aniversario, el mejor homenaje no es una placa de bronce, sino la inversión en el conocimiento. Porque, al final del día, cada vez que nos llevamos un bocado a la boca, estamos consumiendo el esfuerzo, la técnica y la resiliencia de alguien que decidió que su oficina sería el cielo abierto y su lenguaje, el de las semillas. El reto es enorme, pero es por ello que hoy, más que nunca, México necesita de sus agrónomos: para que la tierra, a pesar de todo, siga dándonos de comer.