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Máscaras en Fundidora y el grito de una generación que busca su instinto

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El auge de los therians en las plazas de Nuevo León revela una profunda crisis de identidad y el deseo juvenil de escapar de las etiquetas humanas tradicionales.

La verdad es que, si usted ha caminado recientemente por el Parque Fundidora o los alrededores de San Pedro Garza García, es probable que se haya topado con una escena que desafía cualquier lógica previa: adolescentes con máscaras de lobo o gato, moviéndose con una agilidad felina asombrosa sobre sus cuatro extremidades. No están filmando una película, ni es una fiesta de disfraces tardía. Se llaman a sí mismos therians, y en Monterrey, este fenómeno ha pasado de los rincones oscuros de internet a las calles, desatando un debate que oscila entre la burla ácida y la genuina preocupación académica.
Es por ello que resulta vital entender qué hay detrás de esos aullidos en la Macroplaza. A diferencia de la comunidad furry, que disfruta de la estética de animales antropomórficos, los therians aseguran sentir una conexión intrínseca con un animal específico, conocido como «theriotipo». No es que crean que su cuerpo sea físicamente el de un lince o un canino; más bien, sienten que su esencia interna no encaja del todo en el molde humano. Según crónicas locales de Milenio, esta tendencia ha explotado en Monterrey debido a la enorme presión social que la ciudad ejerce sobre los jóvenes para cumplir con estándares de éxito y comportamiento perfectamente lineales.
Y es que, seamos sinceros, vivir en una metrópoli de asfalto y rascacielos puede ser asfixiante. Para muchos adolescentes regios, practicar «quadrobics» —el arte de saltar y correr como un animal— es una forma de liberación física y emocional. No obstante, la viralidad tiene un doble filo. Reportes de Vice sobre subculturas digitales sugieren que, aunque estos jóvenes encuentran comunidad en TikTok, en el mundo real enfrentan un estigma feroz. En las escuelas del área metropolitana, la aparición de alumnos que piden ser tratados bajo su identidad animal ha puesto de cabeza a los departamentos de psicopedagogía, que aún no saben si catalogarlo como una fase de exploración o como un desafío a las normas de convivencia.
Resulta curioso observar cómo este fenómeno ha creado su propio mercado artesanal. Las máscaras no son de plástico barato; son piezas personalizadas con pintura, fieltro y malla que buscan reflejar la «verdadera cara» del joven. Para ellos, ponerse la máscara no es ocultarse, sino mostrarse. Es una paradoja fascinante: en una sociedad que nos obliga a usar máscaras sociales de «buenos estudiantes» o «hijos perfectos», estos jóvenes eligen una máscara de animal para sentirse, por fin, auténticos.
La realidad es que el fenómeno therian en Monterrey es un síntoma de una generación que tiene todas las herramientas de comunicación, pero que se siente profundamente incomprendida por el mundo adulto. Fuentes de psicología social consultadas por El Norte señalan que este tipo de comportamientos suelen ser transitorios, pero el impacto de ser grabados y burlados en redes sociales puede dejar cicatrices permanentes. La pregunta no debería ser «¿por qué actúan como animales?», sino «¿qué les estamos ofreciendo como humanos que los hace querer huir de nuestra especie?».
Al final del día, los parques de Monterrey seguirán siendo el escenario de esta selva urbana. Mientras la sociedad decide si aceptarlos como una tribu urbana más o señalarlos como un extravío, los therians continúan saltando, buscando en el instinto lo que la razón moderna parece haberles arrebatado. Quizás, después de todo, ver a un joven correr libre por el césped, aunque sea en cuatro patas, sea el recordatorio más humano de que todos, en el fondo, necesitamos un espacio donde las reglas de la oficina y el salón de clases simplemente no existan.