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La renuncia silenciosa al mañana como refugio del presente

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Una reflexión sobre cómo la incertidumbre global ha transformado la esperanza en un lujo y el papel de la cultura universitaria en este nuevo paradigma.

Habitar el año 2026 se siente, para muchos, como caminar sobre un suelo que nunca termina de endurecerse. Si miramos hacia atrás, a principios de la década, todavía hablábamos de «metas para el 2030» con una confianza que hoy nos parece casi ingenua. La verdad es que, en el México actual, la sensación térmica del ánimo social ha cambiado. Ya no se trata solo de la economía o de la política; hay algo más profundo, un agotamiento del músculo de la imaginación. El ser humano contemporáneo parece haber dejado de pensar en el futuro, no por falta de capacidad, sino como un mecanismo de defensa ante una incertidumbre que se ha vuelto crónica.
Esta parálisis tiene nombre y apellido en la sociología contemporánea: el presentismo. Como bien ha señalado el historiador François Hartog en sus análisis sobre los regímenes de historicidad, vivimos en una época donde el presente lo devora todo. Ya no nos movemos impulsados por el viento de un «mañana mejor», sino que estamos anclados en un «ahora» que exige toda nuestra energía para ser gestionado. Y es que, cuando la inteligencia artificial redefine el mercado laboral cada seis meses y el clima nos recuerda su fragilidad con cada estación, planificar a largo plazo se siente como intentar escribir en el agua. Es por ello que la juventud universitaria, especialmente aquella vinculada a Cultura UNAM, está buscando nuevas formas de habitar este tiempo dislocado.
La verdad sea dicha, resulta doloroso admitir que el futuro ha pasado de ser un horizonte de esperanza a ser una fuente de ansiedad. En los foros y pasillos de Ciudad Universitaria, se escucha una frase con eco recurrente: «ya no me imagino a los cuarenta». No es una postura nihilista ni un deseo de autodestrucción; es la respuesta lógica a un mundo que corre más rápido que nuestra capacidad de asimilarlo. Según el reciente informe «Voces de la Incertidumbre» de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM, el arte se ha convertido en el único lenguaje capaz de nombrar este vacío. El teatro, la danza y la literatura en 2026 no están buscando dar respuestas, sino ayudar a los estudiantes a formular mejores preguntas sobre cómo vivir en la fragilidad.
Además, existe una fatiga real frente a la innovación constante. Se nos pidió ser resilientes, luego disruptivos y ahora simplemente sobrevivientes digitales. Esta presión ha provocado una vuelta a lo táctil, a lo presencial y a lo local. La cultura universitaria está rescatando el valor del «encuentro» como un acto de resistencia. Si el futuro es incierto y el pasado es un campo de batalla, lo único que nos queda es la calidad del vínculo que construimos hoy. Como apunta la revista Cultura UNAM en sus ensayos sobre la «poética del ahora», la creatividad hoy no se mide por su originalidad técnica, sino por su capacidad de generar comunidad en medio del caos.
Resulta curioso que, en este escenario, la academia esté volviendo la mirada hacia las humanidades con una urgencia renovada. Se ha comprendido que la técnica nos da las herramientas para sobrevivir, pero solo la cultura nos da las razones para hacerlo. La analogía es simple: la tecnología es el barco, pero la cultura es la brújula que nos dice por qué vale la pena seguir navegando a pesar de la niebla. Es posible que hayamos dejado de pensar en el futuro tal como lo conocíamos —como una meta dorada— para empezar a entenderlo como una responsabilidad diaria.
La verdad es que no pensar en el futuro podría ser, paradójicamente, el primer paso para construir uno que sea habitable. Al renunciar a las grandes utopías inalcanzables, nos vemos obligados a cuidar el presente con un celo casi sagrado. Es ahí donde la UNAM, como faro del pensamiento crítico, juega un papel vital. No se trata de inyectar un optimismo ciego, sino de fomentar una esperanza crítica. Al final del día, aunque el mañana se sienta borroso, el compromiso con el otro en el aquí y el ahora es lo único que nos mantiene cuerdos. Quizás el secreto de este 2026 no sea intentar ver qué hay más allá del horizonte, sino aprender a caminar juntos, paso a paso, sobre este suelo que aún se está formando bajo nuestros pies.