En el marco del Día Europeo de la Igualdad Salarial, la realidad mexicana nos recuerda que, a pesar de los avances retóricos, el talento femenino sigue recibiendo un descuento injustificado en el mercado laboral.
Cada 22 de febrero, Europa se detiene a reflexionar sobre un dato simbólico: cuántos días extra debe trabajar una mujer para ganar lo mismo que un hombre en un año. En México, esa fecha no es solo una efeméride extranjera; es un espejo que nos devuelve una imagen distorsionada de la justicia social. La verdad es que, en pleno 2026, una mujer mexicana tiene que trabajar, en promedio, 35 días más al año para igualar el ingreso anual de su colega varón. Es por ello que hablar de igualdad salarial no es un tema de «buena voluntad» corporativa, sino una urgencia de competitividad nacional.
La brecha salarial en nuestro país tiene matices que la hacen particularmente compleja. Según el último reporte del IMCO, la brecha promedio ronda el 15.8%. Sin embargo, si nos asomamos a los sectores de mayor valor agregado, como la minería o las telecomunicaciones, el abismo se ensancha hasta superar el 25%. Resulta fascinante, y a la vez frustrante, observar que incluso cuando las mujeres cuentan con niveles de escolaridad superiores a los de los hombres en ciertos rangos de edad, sus ingresos no reflejan esa inversión en capital humano. Y es que en México aún opera un prejuicio silencioso: el castigo por la maternidad frente al premio por la paternidad.
Uno de los mayores obstáculos para cerrar esta herida es el llamado «trabajo no remunerado». Datos de la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT) de INEGI confirman que las mujeres dedican casi tres veces más horas que los hombres a las tareas del hogar y cuidados. Esta carga actúa como un «piso pegajoso»: les impide aceptar jornadas de tiempo completo o puestos que exijan mayor movilidad, limitando así su capacidad de negociación salarial. La analogía es clara: es como pedirle a dos atletas que corran la misma distancia, pero a una de ellas le colocamos una mochila llena de piedras antes de empezar.
A diferencia de la Unión Europea, donde las directivas de transparencia obligan a las empresas a publicar sus rangos salariales para detectar sesgos, en México la cultura del secreto salarial sigue protegiendo la desigualdad. La verdad es que «lo que no se mide, no se puede corregir». Es por ello que algunas iniciativas legislativas en el Senado mexicano buscan emular el modelo europeo, exigiendo auditorías de género en empresas de más de 50 empleados. Sin embargo, el reto mayúsculo sigue siendo la informalidad, donde más del 54% de las mujeres trabajadoras carece de un contrato que garantice un sueldo base.
Sustituir la complacencia por políticas públicas agresivas es el único camino. No basta con celebrar que hay más mujeres en las juntas directivas si las que están en la base de la pirámide siguen ganando menos del mínimo por jornadas extenuantes. La equidad salarial no es un regalo para las mujeres; es un motor de crecimiento para el país. Se estima que, si cerráramos la brecha de género en la participación laboral, el PIB de México podría aumentar hasta un 15% para 2030.
Cerrar esta brecha requiere algo más que leyes; requiere un cambio cultural en el que el cuidado de la vida sea una responsabilidad compartida y no una condena económica para un solo género. El Día Europeo de la Igualdad Salarial debería servirnos para entender que México no puede aspirar a ser una potencia económica mientras siga operando con un sistema que le cobra un impuesto invisible al talento femenino por el simple hecho de serlo.










