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El ojo que todavía nos mira desde la pantalla

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A 125 años de su nacimiento, la sombra de Buñuel proyecta sobre el cine mexicano una luz que incomoda, cuestiona y fascina por su vigencia absoluta.

Hay imágenes que no se borran, que se quedan tatuadas en la retina como un tajo en el ojo. Luis Buñuel, el aragonés que hizo de México su segunda patria —y quizás su mejor escenario—, nació un 22 de febrero para recordarnos que la realidad es apenas una capa delgada que oculta nuestros deseos más oscuros. Su llegada a nuestro país en la década de los 40 no fue solo el arribo de un exiliado; fue el encuentro de un bisturí con un cuerpo lleno de mitos. La verdad es que Buñuel no vino a filmar postales de charros y sacrificios; vino a filmar el alma de una nación que se resistía a verse al espejo.
El impacto de su obra en México es, por decir lo menos, sísmico. Antes de su intervención, el cine nacional gozaba de una comodidad técnica y temática basada en la añoranza rural. Sin embargo, con el estreno de Los Olvidados en 1950, el suelo se movió. Según registros del Ariel del Cine Mexicano (AMACC), la película fue recibida inicialmente con abucheos y peticiones de expulsión por parte de sectores que consideraban que Buñuel «insultaba» a México al retratar la miseria urbana de Tlatelolco. Pero es por ello que su genio es innegable: no buscaba el insulto, sino la honestidad brutal. La fuente consultada, la Cineteca Nacional, señala que esta cinta fue la que verdaderamente internacionalizó nuestra cinematografía bajo una estética de vanguardia.
Resulta fascinante observar cómo Buñuel, a pesar de trabajar con presupuestos limitados y en una industria a menudo hostil, logró insertar sus obsesiones personales en cada cuadro. Y es que, para él, el surrealismo no era un estilo, sino una forma de vida. En películas como Él o Ensayo de un crimen, diseccionó a la burguesía mexicana con una elegancia perversa. Como bien apunta el análisis crítico de la Filmoteca de la UNAM, Buñuel utilizó el humor negro y el erotismo reprimido para burlarse de las instituciones más sagradas: la familia y la iglesia. Sus personajes, a menudo atrapados en habitaciones de las que no pueden salir —como en El ángel exterminador—, son una analogía perfecta de nuestra propia parálisis social y moral.
La verdad es que no podemos entender a los cineastas contemporáneos sin pasar por el filtro buñueliano. Es casi imposible no ver rastros de su mirada en las atmósferas opresivas de Arturo Ripstein o en la fascinación por lo grotesco y lo fantástico de Guillermo del Toro. De acuerdo con fuentes de la Secretaría de Cultura, Buñuel dotó al cine mexicano de una mayoría de edad intelectual; le enseñó que el cine podía ser, además de entretenimiento, un instrumento de subversión. No se limitó a seguir reglas; las rompió con una precisión casi quirúrgica, mezclando lo onírico con lo cotidiano de una manera que hoy nos parece natural, pero que en su momento fue revolucionaria.
A veces me pregunto qué pensaría Don Luis del México de hoy. Seguramente encontraría en nuestras contradicciones actuales material suficiente para otra decena de obras maestras. Y es que el cine de Buñuel no envejece porque los fantasmas que persiguió —la culpa, el deseo prohibido, la hipocresía social— siguen caminando con nosotros por las calles de la capital. Su legado no es una reliquia de museo; es un lenguaje vivo que nos invita a cerrar los ojos para poder ver mejor.
Celebrar su nacimiento hoy es, en esencia, celebrar la libertad de imaginar sin límites. Luis Buñuel nos dejó un mapa para navegar por el laberinto del inconsciente, y lo hizo usando el sol de México como reflector. Su cine sigue siendo ese disparo que interrumpe la cena aburrida de la realidad, recordándonos que, al final del día, todos somos un poco olvidados, un poco ángeles exterminadores y, sobre todo, seres movidos por el misterio de lo que no podemos explicar.