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El espejismo como ley: una preocupante fractura de la cordura

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En los últimos días, las redes sociales y, sorprendentemente, las instituciones públicas, se han visto sacudidas por una tendencia que parece sacada de un relato de ficción: los Therians. Es decir, de personas, en su mayoría jóvenes, que se identifican profundamente con un animal, adoptando sus comportamientos, usando máscaras y exigiendo que la sociedad valide esta autopercepción como una identidad legítima.

Y la verdad es que, más allá de lo anecdótico o lo estrambótico del asunto, lo que estamos presenciando es un síntoma de algo mucho más profundo derivado de la cosecha de una época que ha decidido empoderar la subjetividad por encima de la realidad objetiva, y peor aún, por encima de la ciencia.

Reconozcamos que este fenómeno no es un hecho aislado. Es un peligroso precedente, un escalón más en esa falta de límites que caracteriza a ciertas interpretaciones modernas donde la autopercepción parece no tener freno bajo la bandera de los «derechos humanos progresivos».

El riesgo es que si aceptamos que una realidad psicológica personal puede torcer las leyes de la biología, el andamiaje de nuestra sociedad corre el riesgo de desmoronarse.

Pero, ¿dónde nace esta desconexión?

El problema, aunque nos salpica a todos en el espacio público, tiene su génesis en la familia. Deberíamos ser conscientes que el hogar debería ser ese primer ancla que nos sujeta al mundo tangible, el espacio donde aprendemos a diferenciar entre el juego, la imaginación y la realidad.

Sin embargo, pareciera que muchos padres han claudicado. Quizá por un miedo malentendido a ser tachados de «intolerantes» o por la simple presión de las modas culturales, están permitiendo que la fantasía se desborde hasta convertirse en una exigencia. Y es que, cuando en casa se renuncia a la tarea de defender el sentido común, la fractura termina por inundar las calles.

El absurdo ha escalado a tal grado que ya tocó las puertas de nuestros recintos legislativos. Hace unos días, en Nuevo León, se presentó una iniciativa de ley ciudadana para «proteger» a los autoidentificados como Therians del acoso y la discriminación.

Seamos claros: esto es un evidente y penoso oportunismo político. Resulta casi insultante que, mientras el estado enfrenta crisis reales y apremiantes —como la escasez de agua, problemas de movilidad o retos de seguridad—, haya quienes prefieran perder el tiempo prestándole el micrófono a las tendencias de internet para ganar un aplauso fácil.

Además, es un acto de ociosidad jurídica monumental. El Artículo 1° de nuestra Constitución Política ya prohíbe expresamente cualquier forma de discriminación hacia las personas, y las leyes de bienestar animal protegen a las especies domésticas. No necesitamos legislar caprichos para lo que ya está amparado. Pero aclarando que lo que el sujeto protegido por los Derechos humanos es el humano, no el animal.

¿Cabría la posibilidad de que si uno se identifica como una especie animal significaría perder la protección constitucional que protege a los humanos?

Quizá uno de los puntos más alarmantes de esta tendencia es la distorsión del lenguaje y la ética. Ya hemos visto casos —como ha ocurrido en Veracruz y en países como Argentina— donde un médico veterinario se niega a atender a un humano que jura ser un animal, simplemente porque escapa a sus facultades médicas y a la más básica lógica. ¿La respuesta de los defensores de esta corriente? Acusar al profesional de «discurso de odio».

Aquí es donde debemos trazar una línea inquebrantable. La palabra «odio» se ha abaratado de una forma grotesca, convirtiéndose en un mero mecanismo de chantaje diseñado exclusivamente para censurar a quienes se atreven a usar la lógica.

La verdadera opresión, la violencia real en este escenario, es pretender obligar a la sociedad entera a mentir. Es exigir que un profesional de la salud niegue la ciencia y la constitución biológica de un individuo para no herir susceptibilidades. Un ser humano, por más que ladre, use un disfraz o exija trato de mascota, sigue teniendo una estructura genética y biológica humana. Negar esto, obligándonos a aplaudir el engaño, es un insulto a la inteligencia colectiva.

Al final del día, todas las personas merecen respeto. Si alguien, en el libre desarrollo de su personalidad, decide actuar como un felino o usar una cola de zorro en su tiempo libre, está en su derecho. La libertad individual es un pilar invaluable, siempre y cuando no altere la paz pública ni obligue a terceros a participar de su particular puesta en escena.

Pero no nos equivoquemos. Tolerar una excentricidad no nos hace cómplices de una fantasía.

Es urgente recuperar la sensatez y la cordura.

Si seguimos cediendo terreno ante el chantaje emocional, si permitimos que las percepciones subjetivas se impongan por la fuerza sobre la evidencia innegable de la naturaleza, estaremos abriendo la puerta a un caos donde la verdad objetiva simplemente dejará de existir.

Y esa es una factura que ninguna sociedad civilizada puede darse el lujo de pagar.