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El manifiesto vivo que André Breton encontró entre volcanes y mercados

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A 130 años del nacimiento del padre del surrealismo, la sentencia que dictó sobre México resuena más como una verdad biológica que como una simple metáfora artística.

Cuando André Breton desembarcó en México en 1938, venía huyendo de una Europa que se asfixiaba en su propia lógica y en la inminencia de la guerra. Traía bajo el brazo sus manifiestos y la firme intención de encontrar el «punto supremo» donde los contrarios dejan de ser percibidos como tales. Lo que no esperaba era que, al bajar del barco, no tendría que enseñar nada; México ya lo practicaba desde hacía siglos sin saberlo. Fue aquí donde el poeta francés, con la mirada atónita de quien descubre un nuevo elemento químico, exclamó que México era el país más surrealista del mundo. La verdad es que, para Breton, nuestro país no era una escuela de arte, sino un estado mental colectivo.
La fascinación de Breton no nació en las galerías, sino en las calles. Se dice que quedó maravillado al ver un objeto tan simple como un huarache con forma de pez o al observar cómo un artesano fusionaba lo divino con lo grotesco en una misma pieza de barro. Es por ello que el surrealismo en México no se siente como un estilo importado, sino como una descripción de nuestra propia naturaleza. Mientras que en París los surrealistas tenían que esforzarse por forzar el inconsciente mediante la escritura automática, en México el inconsciente anda suelto por los mercados, se sienta a comer en los puestos de garnachas y baila con la muerte cada noviembre.
Para entender esta conexión, hay que mirar más allá de la superficie. El Museo Nacional de Antropología, en sus estudios sobre la cosmovisión mexica y maya, revela una estructura de pensamiento donde el tiempo es circular y los dioses pueden ser simultáneamente creadores y destructores. Esta falta de rigidez racional fue lo que deslumbró a Breton. Como bien señala la crítica de arte Aída Sierra en sus ensayos sobre la estancia de Breton en la casa de Frida Kahlo y Diego Rivera, el francés encontró en México el «automatismo psíquico» convertido en paisaje. No había necesidad de invocar sueños; la realidad mexicana ya tenía esa textura onírica donde lo imposible sucede antes del desayuno.
Y es que, si lo pensamos con detenimiento, la cotidianidad mexicana sigue desafiando cualquier manual de lógica. Un ejemplo claro es nuestra relación con el tiempo: ese «ahorita» que puede significar diez segundos o tres siglos. O nuestra capacidad de adornar una tragedia con un chiste. La verdad es que México es un país que vive en una metáfora constante. Como anotó el propio Breton en sus cartas recogidas por la Biblioteca Nacional de Francia, México es el lugar donde el azar no es una coincidencia, sino un lenguaje. Es un territorio donde un volcán puede nacer en el patio de un campesino —como ocurrió con el Paricutín— y la gente, en lugar de huir despavorida, simplemente se adapta a la nueva geografía del asombro.
Hoy, a 130 años del nacimiento de este visionario, la etiqueta de «país surrealista» nos queda como un traje a medida, a veces cómodo y otras veces asfixiante. No es que seamos un cuadro de Dalí, es que somos una nación que se niega a ser domesticada por la razón pura. El legado de Breton en México no fue dejarnos una técnica pictórica, sino un espejo donde pudimos ver que nuestra «rareza» era, en realidad, nuestra mayor riqueza. Al final, el surrealismo sigue vivo en cada rincón del país porque, como bien sospechó aquel francés de melena leonina, México es el único lugar donde el sueño se atreve a caminar a plena luz del día, sin pedir permiso ni dar explicaciones.